El Buen Amor

Todos, con buena fe, con sinceridad, con tozudez o con resignación, insisten en creer en el amor o terminan por descreer de él. Pero ¿qué es el amor?Desde que existe la especie humana, poetas, filósofos, psicólogos, bioquímicos, teólogos, pensadores de diferentes orígenes y orientaciones y opinólogos de ocasión han intentado capturar en una definición a esa categoría que, finalmente, se revela inapresable. Cualquiera de esas definiciones es el amor, y ninguna lo es.
Me he preguntado y me pregunto qué es el amor. He ido acercándome lenta y progresivamente a algunas conclusiones que me gustaría compartir aquí:

1. Toda corriente, sensación, energía, sentimiento, emoción, vivencia, experiencia o impulso que reciba el nombre de amor necesita de la existencia de por lo menos dos seres para manifestarse.

2. Esa manifestación es la energía por la cual una persona hace por otra algo que a ésta le hace bien. La persona que recibe ese bien, en forma natural hace cosas que al otro le generan bienestar. En esa interacción se genera un círculo fecundo de cuidado, de atención, de respeto, de sanación en el que ninguna de las dos partes se apega al resultado de sus acciones. Éstas nacen del desapego y lo que generan se llama amor.

3. Cuando las acciones que se hacen por el otro esperan un resultado, una devolución, una equivalencia; o cuando lastiman, descalifican, desmerecen, someten o postergan, no merecen llamarse amor, aunque se invoque ese nombre. Son, en todo caso, manifestaciones de un “mal amor” (así, con minúscula y entre comillas).

El olvido de estas cuestiones provoca mucho daño y confusión. Así, hay personas que se precian de su gran “capacidad de amar”, pero jamás establecen un vínculo real con el otro. U otras que van por el mundo exhibiendo sus heridas, pérdidas, desengaños y penitencias amorosas como si fueran medallas.

Lo peor es que, a fuerza de persistir en esta ignorancia afectiva, se han creado ciertas leyendas y creencias glamorosas según las cuales pareciera que sufrir por amor es amar “más”, o “mejor”, o más “profundamente”. Se ha llegado a instalar una peligrosa confusión y de acuerdo con ella pareciera que quien no ha sufrido no ha amado.

Lo único cierto es que quien tanto sufre o ha sufrido en sus vínculos amó mal, fue mal amado, o sencillamente, no ha accedido a la experiencia siempre nutricia y reparadora, siempre luminosa y orientadora del amor.
Por cierto, esto no se debe a que nos guste amar de ese modo. En realidad es el modelo que aprendimos, el que nos transmitieron, el que nuestra cultura nos ha propuesto como patrón. Sin embargo, nos debemos y nos merecemos otro paradigma amoroso. Nos debemos y nos merecemos una reeducación afectiva que nos saque de esta precariedad y de este analfabetismo emocional. Nos debemos y nos merecemos ese aprendizaje.

Nos hemos dañado, acaso hemos dañado a otros, encandilados por modelos de vinculación afectiva precarios que nos prometían el Gran Amor de Nuestra Vida, como en las películas, como en las novelas, como en los cuentos de hadas. Un Gran Amor que llene el vacío de nuestras vidas sin amor, que nos arranque de la experiencia real y nos deposite en otra dimensión.

No obstante, lo que de veras nos debemos es Buen Amor, real, que transcurra en nuestras vidas cotidianas, en nuestros escenarios habituales, en nuestras vigilias regulares.

Sergio Sinay. Las condiciones del buen amor: Un camino hacia los encuentros posibles. Editorial de Nuevo Extremo. Buenos Aires. 2006

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