Paulo Freire: “Leer críticamente…”

Se percibe, así, la importancia del papel del educador, el mérito de la paz con que viva la certeza de que parte de su tarea docente es no sólo enseñar los contenidos, sino también enseñar a pensar correctamente. De allí la imposibilidad de que un profesor se vuelva crítico si -mecánicamente memorizador- es mucho más un repetidor cadencioso de frases e ideas inertes que un desafiador. El intelectual memorizador, que lee horas sin parar, que se domestica ante el texto, con miedo de arriesgarse, habla de sus lecturas casi como si las estuviera recitando de memoria -no percibe ninguna relación, cuando realmente existe, entre lo que leyó y lo que ocurre en su país, en su ciudad, en su barrio. Repite lo leído con precisión pero raramente intenta algo personal. Habla con elegancia de la dialéctica pero piensa mecanicistamente. Piensa de manera equivocada. Es como si todos los libros a cuya lectura dedica tanto tiempo no tuvieran nada que ver con la realidad de su mundo. La realidad con la que tienen que ver es la realidad idealizada de una escuela que se vuelve cada vez más un dato allí, desconectado de lo concreto.

Leer críticamente no se hace como si se comprara mercancía al mayoreo. Leer veinte libros, treinta libros. La verdadera lectura me compromete de inmediato con el texto que se me entrega y al que me entrego y de cuya comprensión fundamental también me vuelvo sujeto. Al leer no estoy en el puro seguimiento de la inteligencia del texto como si ella fuera solamente producción de su autor o de su autora. Por eso mismo, esta forma viciada de leer no tiene nada que ver con el pensar acertadamente y con el enseñar acertadamente.

En verdad, sólo quien piensa acertadamente puede enseñar a pensar acertadamente aun cuando, a veces, piense de manera errada, y una de las condiciones para pensar acertadamente es que no estemos demasiado seguros de nuestras certezas. Es por eso por lo que pensar acertadamente, siempre al lado de la pureza y necesariamente distante del puritanismo, rigurosamente ético y generador de belleza, me parece inconciliable con la desvergüenza de la arrogancia de quien está lleno o llena de soberbia.

El profesor que piensa acertadamente deja vislumbrar a los educandos que una de las bellezas de nuestra manera de estar en el mundo y con el mundo, como seres históricos, es la capacidad de, al intervenir en el mundo, conocer el mundo. Pero, histórico como nosotros, nuestro conocimiento del mundo tiene historicidad. Al ser producido, el nuevo conocimiento supera a otro que fue nuevo antes y envejeció y se “dispone” a ser sobrepasado mañana por otro.

De allí que sea tan importante conocer el conocimiento existente cuanto saber que estamos abiertos y aptos para la producción del conocimiento aún no existente. Enseñar, aprender e investigar lidian con esos dos momentos del ciclo gnoseológico: aquel en el que se enseña y se aprende el conocimiento ya existente y aquel en el que se trabaja la producción del conocimiento aún no existente. La “dodiscencia” -docencia- discencia– y la investigación, indivisibles, son así prácticas requeridas por estos momentos del ciclo gnoseológico.

Paulo Freire. Pedagogía de la autonomía. Saberes necesarios para la práctica educativa. Año de la publicación: 2004

1. No hay docencia sin discencia. 1.1 Enseñar exige rigor metódico (Fragmento).

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Eduardo Galeano: Celebración de la amistad/2

Juan Gelman me contó que una señora se había batido a paraguazos, en una avenida de París, contra toda una brigada de obreros municipales. Los obreros estaban cazando palomas cuando ella emergió de un increíble Ford a bigotes, un coche de museo, de aquellos que arrancaban a manivela; y blandiendo su paraguas, se lanzó al ataque.

A mandobles se abrió paso, y su paraguas justiciero rompió las redes donde las palomas habían sido atrapadas. Entonces, mientras las palomas huían en blanco alboroto, la señora la emprendió a paraguazos contra los obreros.

Los obreros no atinaron más que a protegerse, como pudieron, con los brazos, y balbuceaban protestas que ella no oía: más respeto, señora, haga el favor, estamos trabajando, son órdenes superiores, señora, por qué no le pega al alcalde, calmesé, señora, qué bicho la picó, se ha vuelto loca esta mujer…

Cuando a la indignada señora se le cansó el brazo, y se apoyó en una pared para tomar aliento, los obreros exigieron una explicación.

Después de un largo silencio, ella dijo:

Mi hijo murió.

Los obreros dijeron que lo lamentaban mucho, pero que ellos no tenían la culpa. También dijeron que esa mañana había mucho que hacer, usted comprenda…

Mi hijo murió – repitió ella.

Y los obreros: que sí, que sí, pero que ellos se estaban ganando el pan, que hay millones de palomas sueltas por todo París, que las jodidas palomas son la ruina de esta ciudad…

Cretinos – los fulminó la señora.

Y lejos de los obreros, lejos de todo, dijo:
Mi hijo murió y se convirtió en paloma.

Los obreros callaron y estuvieron un largo rato pensando. Y por fin, señalando a las palomas que andaban por los cielos y los tejados y las aceras, propusieron:
– Señora: por qué no se lleva a su hijo y nos deja trabajar en paz?

Ella se enderezó el sombrero negro:
¡Ah, no! ¡Eso sí que no!

Miró a través de los obreros, como si fueran de vidrio, y muy serenamente dijo:
Yo no sé cuál de las palomas es mi hijo. Y si supiera, tampoco me lo llevaría. Porque, ¿qué derecho tengo yo a separarlo de sus amigos?

Eduardo Galeano. El libro de los abrazos. 12° Ed. Buenos Aires: Catálogos, 2003, pp.227-228.

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Eduardo Galeano: Celebración de la amistad/1

En los suburbios de La Habana, llaman al amigo mi tierra o mi sangre.

En Caracas, el amigo es mi pana o mi llave: pana, por panadería, la fuente del buen pan para las hambres del alma; y llave por…

Llave, por llave – me dice Mario Benedetti.

Y me cuenta que cuando vivía en Buenos Aires, en los tiempos del terror, él llevaba cinco llaves ajenas en su llavero: cinco llaves, de cinco casas, de cinco amigos: las llaves que lo salvaron.

Galeano, Eduardo. El libro de los abrazos. 12° Ed. Buenos Aires: Catálogos, 2003, p. 225

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¡Suéltame libro!

Por Laura Vacs (En su libro “Velocidad Crucero”. 1ª ed. CABA: Grupo Editor Latinoamericano, 2011. El otro mundo. VI. Página 213).

¡Suéltame libro! Déjame seguir con mi tarea, por favor. Es tan fácil para mí tomar tu mano extendida. Y qué fuerza tiene esa mano una vez que toma la mía. ¿Cómo hago, dime, para frenar el deseo de leer el capítulo siguiente? Es que tengo que hacerlo, ¿sabes?. Debo dejarte.

No niego que eres uno de los nutrientes más importantes de mi existencia, pero tal vez una sobredosificación no sea muy saludable. Me acostumbro a la confortable envoltura de tus velos, y mi voluntad descansa haciendo la plancha en tu piscina de líquido amniótico, cubierta de cielo y eternidad. Ya no sé a qué despertador recurrir para volverla al mundo del acto. Es por eso que recurro a ti. Al menos dentro de ti puedo hablarte; y pedirte favores: algún párrafo aburrido, mal escrito..¿una palabra desconocida, por ejemplo? Sé bueno y haz que deba recurrir al diccionario; tal vez en el camino a la biblioteca me tope con las notas de los trabajos pendientes, con la visión de algún recorte del collage caído por el piso; con el número de teléfono que debo marcar desde ayer… Con la orquídea sedienta, con el programa de cine de la Leopoldo Lugones; con la bolsa de mis zapatos tangueros que dejé colgada en el respaldo de la silla; con el perfume de alguna salsa proveniente de la cocina del vecino… Necesito despertar, libro querido; sácame de ti; eyéctame al mundo; abandóname; recházame; miénteme de manera evidente; hazme recordar el nombre de un amigo, o una hermosa melodía que descanse en algún CD de mi discoteca. No veo otra manera de volver que por tus propios medios… Ayúdame, por favor.

Imagen de Walter Cosso Cejas

La experiencia de la lectura

 Por Jorge Larrosa

“Quien haya leído La Metamorfosis de Kafka y pueda mirarse impávido al espejo, ese es capaz técnicamente de leer letra impresa, pero es un analfabeto en el único sentido que cuenta”.

G. Steiner. Lenguaje y silencio. Ensayos sobre la literatura, el lenguaje y lo inhumano. Barcelona. Gedisa 1994. p. 26.

Hasta aquí la cita. Naturalmente, podemos sustituir el libro de Kafka por cualquier otro libro. Puesto que la experiencia es una relación, lo importante no es el texto, sino la relación con el texto. Aunque un libro que se ajustase demasiado bien a lo que ya sabemos (leer), a lo que ya podemos (leer) o a lo que ya (queremos) leer, sería un libro inservible desde este punto de vista. Sería un libro demasiado comprensible, demasiado legible.

El texto, que aquí funciona como el acontecimiento, como el eso de “eso que me pasa”, tiene que tener alguna dimensión de exterioridad, de alteridad, de alienación.

El texto tiene que ser otra cosa que lo que ya sé, lo que ya pienso, lo que ya siento, etc. El texto tiene que tener algo de incomprensible para mí, algo de ilegible. De todos modos, lo decisivo, desde el punto de vista de la experiencia, no es cuál sea el libro, sino qué es lo que nos pase con su lectura. Y ahí es donde Steiner es certero.

Un lector que, tras leer el libro, se mira al espejo y no nota nada, no le ha pasado nada, es un lector que no ha hecho ninguna experiencia. Ha comprendido el texto, eso sí. Domina todas las estrategias de comprensión que los lectores tienen que dominar. Seguramente es capaz de responder bien a todas las preguntas que se le hagan sobre el texto. Puede que hasta sacase las mejores calificaciones en un examen sobre Kafka y sobre ese libro de Kafka.

Pero hay un sentido, el único sentido que cuenta según Steiner, en que ese lector es analfabeto. Tal vez ese sentido, el único que cuenta, sea precisamente el de la experiencia.

Ese lector analfabeto es un lector que no se pone en juego a sí mismo en lo que lee, un lector que practica un modo de lectura en el que no hay relación entre el texto y su propia subjetividad.

Es también un lector que sale al encuentro del texto, eso sí, pero que son caminos sólo de ida, caminos sin reflexión, es un lector que no se deja decir nada.

Por último, es un lector que no se transforma. En su lectura no hay subjetividad, ni reflexividad, ni transformación. Aunque comprenda perfectamente lo que lee. O, tal vez, precisamente porque comprende perfectamente lo que lee. Porque es incapaz de otra lectura que no sea la de la comprensión.

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Vestigios de un lector humano

Por Mariano Rodrigo Mariani

“De todos los instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro.  Los demás son extensiones de su cuerpo.  El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones del brazo.  Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y la imaginación.”

J. L Borges

Un vendaval silencioso y persistente perece estar arrasando al hombre, lo excelso de su humanidad, perdiéndolo entre cosas, entre agitadas y alienantes actividades.

Luego yace solo, en un desierto con hogares patas arribas, en la mudez o entretenido en las efímeras palabras cotidianas, esas que el viento puede asolar cuan hoja seca. Los libros están vacíos para él. Tiznado por la confusión se lo ve correr, escapar de una vacuidad que lo angustia. Así el hombre responde, responde a su irrequitum cor. Evasión, agitación y disimulo.

¿Podrá un libro ayudar a ese hombre? Sí, si se hace lugar para que en él pacientemente se detengan las palabras, si volvemos a escuchar y ver atentos, si nos contenemos y nos escuchamos. Hacer lugar, detenerse, escuchar, observar.

Así un libro no será episódico, ni un ejercicio evanescente, sino un acontecimiento extraordinario que nos hará trascender nuestra finitud, que nos abrirá al dialogo con lo permanente en y de lo humano. Será un acontecimiento, entonces, performativo liberador y como tal configurador de una textura humana albergada en la esperanza.
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