Cita a ciegas. Por Juan Sasturain

In memoriam J. L. B., lector de lectores

Despierta tarde. No espía en la ventana
los colores del cielo. Es la chica
de la sabia tevé la que le explica
si habrá nubes o sol, esta mañana.

Enciende el celular. La cotidiana
costumbre del pulgar lo comunica
con los usuarios de una agenda rica.
Incluso con los que no tiene ganas.

Prende la compu. Pasa todo el día
pegado a la pantalla, pero cree
que le queda cierto tiempo todavía

por vivir, y que la noche lo provee:
saca El Aleph de la estantería,
cierra, apaga, silencia, calla y lee.

 

Publicado en Contratapa. ARTE DE ULTIMAR. Página 12

Eduardo Galeano: Historia clínica


Informó que sufría taquicardia cada vez que lo veía, aunque fuera de lejos.
Declaró que se le secaban las glándulas salivales cuando él la miraba, aunque fuera de refilón.
Admitió una hipersecreción de las glándulas sudoríparas cada vez que él le hablaba, aunque fuera para contestarle el saludo.
Reconoció que padecía graves desequilibrios en la presión sanguínea cuando él la rozaba, aunque fuera por error.
Confesó que por él padecía mareos, que se le nublaba la visión, que se le aflojaban las rodillas. Que en los días no podía parar de decir bobadas y en las noches no conseguía dormir.
Fue hace mucho tiempo, doctor –dijo–. Yo nunca más sentí nada de eso.
El médico arqueó las cejas:
¿Nunca más sintió nada de eso?
Y diagnosticó:
Su caso es grave.

“Historia clínica”. Galeano, Eduardo (2004). “Bocas del tiempo”

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Eduardo Galeano: Celebración de la subjetividad

Yo ya llevaba un buen rato escribiendo Memoria del Fuego, y cuanto más escribía más adentro me metía en las historias que contaba. Ya me estaba costando distinguir el pasado del presente: lo que había sido estaba siendo, y estaba siendo a mi alrededor, y escribir era mi manera de golpear y de abrazar. Sin embargo, se supone que los libros de historia no son subjetivos.
Se lo comenté a don José Coronel Urtecho: en este libro que estoy escribiendo, al revés y al derecho, a luz y a trasluz, se mire como se mire, se me notan a simple vista mis broncas y mis amores.
Y a orillas del río San Juan, el viejo poeta me dijo que a los fanáticos de la objetividad no hay que hacerles ni puto caso:
—No te preocupés —me dijo—. Así debe ser. Los que hacen de la objetividad una religión, mienten. Ellos no quieren ser objetivos, mentira: quieren ser objetos, para salvarse del dolor humano.

Galeano, Eduardo. El libro de los abrazos

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