La mirada electrónica. Por Juan Pablo Ringelheim

El clásico cartel “Sonría. Lo estamos filmando” expresa una sencilla verdad que casi cualquier hombre comprende. Pero para un intelectual crítico no es fácil entender una sencilla verdad; a menudo sospecha de ella o la descifra como una ironía. Tal vez por esta razón para él sea incomprensible el aspecto terapéutico del cartel que nos anuncia que estamos siendo reconocidos y que esto debe alegrarnos. Ante semejante buena noticia y sensato consejo, el intelectual soltará un estornudo de tinta crítica provocado por la alergia que le da la llamada “vigilancia electrónica”. Las tecnologías informáticas y audiovisuales –pensará otra vez– aumentan al máximo las posibilidades que tiene el poder de vigilarnos. El FBI o las agencias de marketing lo cubren todo con su ojo digital, nos observan día y noche como a Truman Burbank en The Truman Show.

Pero la verdadera mala noticia para ese intelectual es que su vida no le interesa a nadie y nadie lo mira. Y si alguien lo vigilara electrónicamente, pues bien, perdería el tiempo a lo bobo. Su vida es excepcionalmente aburrida: compra un libro aquí, paga con su tarjeta y queda registrado; toma un subte allá, y con la SUBE deja una huella; llega a su casa, tal vez telefonea a su madre. ¿Será registrado? Navega, llena planillas burocráticas, deja cookies; quizá mira pornografía… ¿Quién se detendría un momento a vigilar tales cosas? ¿Qué conclusiones obtendría además de una sensación de pena por el ya súper domesticado espécimen intelectual? Se podría objetar que la vigilancia electrónica no está destinada al intelectual crítico, sino al consumidor medio. Pues bien, a este sujeto le encanta ser filmado y lo menos que debe hacer es responder con una sonrisa; y no está claro que no sea también un intelectual.

El mayor dolor del hombre contemporáneo resulta de la conciencia de su insignificancia. La existencia en las rutas de circulación urbana, la singularidad entre los dispositivos de información, el desempeño como actor secundario en el escenario de Facebook, y la propia identidad reducida a la de un “consumidor”, develan frecuentemente que su valor social es equivalente al de un bit transportado en Internet, si no menos. En la novela Ampliación del campo de batalla, el escritor francés Michel Houellebecq narra una muerte realista. El protagonista entra en un supermercado de París y ve un hombre tirado en el piso, de unos cuarenta años, cerca de las cajas. El sigue de largo para no mostrar curiosidad mórbida. Compra algunas cosas. Al llegar a la caja se entera de que el hombre está muerto. Se pasa muy fácilmente al otro lado, piensa. “Habían envuelto el cuerpo en alfombras, o más probablemente mantas gruesas, atadas con cuerda muy apretada. Ya no era un hombre sino un paquete, pesado e inerte, y se estaba tomando disposiciones para el transporte. Y ahí acabó la cosa.” La fila continuó, él pagó el fiambre y el vino. La vida reducida a un paquete que debe ser transportado.

La conciencia de la propia insignificancia puede producir sensaciones de inseguridad, angustia, frustración, violencia, nada que no pueda verse en cualquier embotellamiento o detenimiento del flujo del transporte de información. El consumidor medio desearía estar siendo observado, valorado, recuperando algo de la protección y seguridad que le brindaba la mirada de la madre. El cartel terapéutico “Lo estamos filmando por su seguridad” también expresa una sencilla verdad. Ahora sabe que está siendo objeto de observación, de registro y, con suerte, de clasificación. Como cartel terapéutico es quizá parte de una política en salud mental destinada a recuperar la autoestima del usuario de las grandes ciudades. Excepto los hackers y los militantes de cualquier causa, es decir, las personas felices que no dudan en llevar a cabo una vida necesaria, la mayor parte de los usuarios del país desean fervientemente ser registrados, pues parten de la conciencia de la propia carencia de significado.

No es casual que Sergio Lapegüe esté a la medianoche: es la franja horaria de los programas terapéuticos. Te reconozco: seamos amigos. Prendé y apagá. Te estamos viendo detrás de esa cortina. Reconocemos también tu localidad. Sos muy importante para nosotros. La canción lo dice todo: “Prende y apaga la luz/ necesito una señal/ para saber si esta noche/ te veo en el mismo lugar/ no me hagas esperar/ mi corazón está ansioso/ porque no ve una señal”. TN no sólo vigila desde afuera y se mete por las ventanas, sino que sufre porque nos necesita. Al fin tenemos un significado. Una noticia edificante antes de ir a dormir.

El autor es Docente e investigador UNQ/UBA.

Publicado en Página 12.

Jorge Riechmann: El oficio de vivir

1
UNO que no sabe sopesa sus guijarros
desplaza uno y resitúa otro
hace rodar un tercero
y así
continúa sin saber
y va escribiendo

2
Se escribe
para aprender a escribir
para aprender a vivir
para aprender a aprender

y uno no deja nunca
de ser un aprendiz
jinete de buidos animales
más sabios y expectantes y libres que sí mismo

3
Cuando hablo
yo soy de momento el profesor
pensaba Joseph Beuys
y en cuanto escucho
el alumno
El lenguaje es maestro
para el capaz de aprender

4
En el pozo del lenguaje
las oraciones por pronunciar: son infinitas
Hay quien tira dentro una piedra
y se asombra de no oír la zambullida

Hay quien saca varias veces el cubo rebosante
y se queda con sed
Hay quien se bebe la sed
porque está vivo
En el venero inagotable
el frescor del enigma

5
Nadie puede salvarse por delegación
No cabe votar a nuestros representantes
en el sanedrín de la sabiduría universal
No hay especialistas en el trabajo interminable
de irnos haciendo humanos
Los poetas no son los legisladores ocultos
de la Humanidad:
los poetas son animales minusválidos
algo menos apacibles que los demás minusválidos

La verdad es más dura
(¿por qué han de ser casi todas las verdades tan duras?):
nadie más que tú mismo
puede hacerse cargo de tu propia vida
y si tú no lo haces
se pierde el mundo

6
Necesitamos sentido
tanto como el comer
afecto
igual que el agua que bebemos
y poesía
con la misma urgencia que el oxígeno
que baña los pulmones
pero cegados por los abrasadores líquidos
del goce y del dinero no lo vemos
ni lo sentimos
ni lo entendemos

Riechmann, Jorge . El común de los mortales (2007-2010)

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